jueves, 14 de julio de 2016

Pequeña, inconexa
r
o
.
t
a
Saqué la cama, los libros, la ropa
Los sueños, los anhelos, las esperanzas
-también las palabras, la música, el olor, el sabor-

Y raspé, raspé, raspé
el papel tapiz del cuarto.
Mucha sangre manchó el piso.
Estaba agotada.
Pero sucede que...
Las paredes no quedan lisas... NUNCA.
Y, sin embargo, lo intenté.

Y, sin embargo, seguiré intentando...
Quizá más que nunca.

Porque...
amé... amé eternamente.


Mamá - Cerro de Pasco
Julio de 2016

Pocas lunas me han permitido
alejarme.
Y aun así sigo aquí,
frente a ti, tu ventana,
esperando que te asomes y
choques con este cuerpo, con esta alma
que lleva tu nombre
en cada minúscula célula animal.
Eres el infinito que nadie conoce.

Soy un montón de palabras inconexas
pensadas en un carro,
en la lluvia, el llanto, el silencio, la rabia.
Soy un montón de palabras inesperadas,
sin motivo alguno.
Soy un cuerpo sediento de tu voz.
Adoro que me des vida.
Soy un poema pensado en libertad aparente.

Y él se pregunta, él se pregunta:
¿Qué mierda tus palabras nauseabundas?

Soy un poema perdido entre tus labios.
Cansado de verte como un zombie pegado a la pantalla.
No soy más que un reflejo tuyo.
Deforme, sin miedo, sin aliento.

Me he cansado de esperarte.
Soy el poema que olvidaste.


martes, 28 de junio de 2016

Seis y cuatro

Apagué el despertador. Seis de la mañana. El silencio es el único que se despierta conmigo. De pie frente a mi ventana, mientras me alejaba en el horizonte nubloso de Lima, escuché mi celular timbrar. Arrastré mis pies hasta llegar a mi mesa de noche. Era un número con el código de provincia. No lo podía creer. Cero-seis-tres. Los números vaciaron de pronto mi estómago. Era el mismo número que mamá me había dejado antes de morir. Y no tuvo que explicar nada. La verdad yacía en sus pupilas dilatadas.

Recuerdo haberle preguntado tantas veces por papá cuando era niña. Ella sonreía valiente y decía que él había sido un héroe. Gracias a él una mujer se había salvado de morir en manos de unos secuestradores. Debes sentirte orgullosa de él, me decía siempre.

Yo lo imaginaba con su uniforme, delgado y con una postura recta. Me gustaba ver los desfiles de veintiocho de julio. Los valientes policías, pensaba yo. Mi papá había sido uno de ellos y yo estaba orgullosa. Lo único que me atormentaba era no recordar su rostro. Mamá no había conservado ninguna foto pues decía que era mejor recordarlo desde el corazón. Con los años, logró que lo amara a pesar de su ausencia.

Cuando ya tenía diez años, me sentí confundida. Soñaba constantemente un mismo sueño, que casi se convirtió en un recuerdo. O, ahora que lo pienso, era más un recuerdo que se convirtió en un sueño: Tenía como seis o siete años. Estaba sentada en un terminal de buses junto a Carmen, mi prima. Yo estaba vestida con una chompa de lana amarilla y llevaba unos zapatos de charol. El ruido realmente me aturdía. Cada cierto tiempo se acercaba un señor a ofrecernos una carrera, pero mi prima desistía. Yo, presa del sabor dulce y ácido, me sumergía irremediablemente en una manzana acaramelada. A una cuadra, estaba mi madre; y junto a ella, un señor de terno. Él era un poco más alto que ella, tenía un bigote tierno y los ojos sinceros. Estaban conversando un poco alterados (quién sabe por qué), así que él la cogía de los hombros intentando calmarla. De rato en rato, respiraba profundo, volteaba a mirarme y me sonreía. Parecía muy pendiente de mí. Mucho tiempo pensé que quizá este recuerdo había persistido por la sinceridad de aquel personaje, por la dulce inocencia de mi niñez y mi remota sensación de que yo quería a ese hombre.

Algunas noches imaginaba que él era mi padre. Ese hombre de mirada profunda y de sonrisa tímida. Muchas veces intenté preguntárselo a mamá. ¿Es verdad que mi papá murió cuando yo era bebé? Siempre evadió el tema. Ya sabes la historia, Rosa. Dime, ¿acaso no soy suficiente para ti? Salí adelante a pesar de que tu padre… murió. Confórmate con eso. Yo te tengo a ti y tú a mí. Eso basta. El respeto y la profunda confianza que nos teníamos me obligaba a olvidar el tema. Con los años, solo atiné a aferrarme a ese recuerdo sin mayor necesidad de saber si había sido real.

Mamá y yo vivíamos solas en Lima. Ella había logrado pagar mis estudios trabajando de secretaria en la empresa de su primo. Y yo pude graduarme en Ingeniería. Algunos meses después de que yo cumplí 25 años, le detectaron cáncer de mama. La noticia nos sumergió en un abismo. Fueron los meses más terribles de toda mi vida. Ella era hija única. Había nacido en un pueblo cerca de Huánuco, y sus padres habían fallecido en un accidente cuando ella era adolescente. El único apoyo que tuvimos fue el de su primo. Con gran esfuerzo los dos pudimos pagar el tratamiento, pero no pudimos salvarla.

Los días eran “días menos”. Las agujas del reloj giraban golpeándome en el pecho. Mamá no podía soportar que me quedara sola, y eso la enfermaba más y más. No había forma de tirar del salvavidas; ella había tomado una decisión sin darse cuenta. O quizá sí. Cada día sus ojos se volvían más transparentes. Estaba presa de la incertidumbre de mi futuro. Pero no pudo confesarme nada sino hasta el final.

Me tomó de la mano y me miró a los ojos. Sabía que se estaba despidiendo e intenté alejarme. Me sostuvo fuerte y me sonrió. Comprendí que no podía seguir evitándolo. Me senté y traté de calmarme. Comenzó recordándome que me amaba mucho, que no había tenido dicha más grande que yo. “Eres una mujer maravillosa. Sé que saldrás adelante”. Yo recordaba la primera vez que me dejó en la escuela; la vez que me compró mi bicicleta; mis cumpleaños en el colegio; la tortuga que me compró cuando tenía diez años. Todas las veces que ella intentó enseñarme a cocinar. Todas las tardes que ella me llevaba el almuerzo a la universidad. Las tantas noches que me acompañaba viendo la televisión mientras yo terminaba de hacer mis trabajos. Ella había sido la valiente mujer que me dio la vida, que me vio crecer y que me hizo fuerte. Luchó por mí y yo estuve para ella. El cáncer nos mató a las dos.

Ahora estaba envuelta en sus brazos. Ella arrimaba mis cabellos y secaba mis lágrimas. Te amo, hija. Perdóname por todo. Su voz comenzaba a quebrarse. Rosa, no estás sola. Luego señaló con esfuerzo la agenda junto a su camilla. La tomé y la abrí. Había una foto dentro. El sueño del paradero de buses volvió a mi memoria. Mi mamá tenía el cabello corto y esponjoso. Sus ojos miraban fijos a la cámara mientras un señor de bigote tierno y corto la abrazaba por el hombro mientras sonreía ligeramente con la cabeza gacha. Llevaba terno. Un poco más alto que mi madre. Yo, de pie en medio de los dos, miraba hacia la cámara solo de reojo. Mi rostro se escondía casi por completo debajo de mi manzana. Detrás de la foto había un número con código de provincia: cero-seis-tres. Junto a ese, con otro color de lapicero, decía: J. Quispe. Mamá se fue de mi vida unas horas después

Quispe... ¿Jorge? ¿Juan? Mi madre había partido sin darme más respuestas. Sin duda, era él mi padre. ¿Pero qué había pasado realmente? No quise averiguarlo. Luego de esos meses de haber estado sola, concluí que no me hacía falta saber de él. Me bastaba aquella respuesta irremediable. Me hacía sentir mejor. Porque, a pesar de que significaba un vacío profundo, sabía que la ausencia de su amor tenía una causa certera: mi padre estaba muerto.

Era martes por la mañana cuando mi celular volvió a timbrar. Era la segunda llamada del mismo número. Lima me miraba vacía, confusa, harta de sí misma. Y yo estaba igual. Pero mi madre me amaba. Quizá ahora mismo me estaría viendo. Quizá la llamada sería de ella. Contesté con los dedos nerviosos. Tenía la mejilla húmeda y los ojos hinchados. Era martes veintitrés a las seis y cuatro de la mañana.


-       Rosa, me llamo Rodolfo Quispe. Me gustaría conocerte.


Lima a las 6 y algo de la mañana

sábado, 18 de junio de 2016

Libres y presos

Dejo de sentir en mi piel para sentirte en la palabra. Mi alma te adora. Labios perfectos en los juegos de mi mente. Me reconforto. Te estoy amando al cerrar los ojos -carita de mono tapándose los ojos-. Tus ojos. Tu voz. Qué vidas las nuestras que eligieron vivir distantes y extrañándose, anhelando el momento de la presencia. Tócame. Quiero tocarte. Y, a pesar de tantos deseos, existe la felicidad de que somos nosotros los que, libres y presos, decidimos vivirnos uno al otro.


Tu pecho de encierro, ese espacio, tu nombre

La ta-za se rompe. Se rompió.
Las tardes huyeron por el piso sediento.
Se evaporaron en enero. Diciembre siempre queda atrás.
Nada existe con tu rastro.
Solo palabras, aquellas que sin querer pronuncio.



La flor de tu marchitada ventana
ha terminado de deshojarse.


Tu corazón es un volcán
escondido en alguna parte.
¿Tuvo nombre alguna vez?
....camino en línea recta para no perderme
en el abismo de
este impulso que me anima a mirar al frente.

Tres veces nueve
la memoria me moriría por ti
Quiero saber hacer café
como tantas noches
preparaste
en tu pecho de encierro,
ese espacio,
tu nombre.





¿No pretendes mostr-arte?

Las palabras se ahogan
Presas de tus ojos
Inocentes, mudas
Las has envenenado
Con tu soledad
Presas tus palabras
Huyen de tus manos
¿No sientes miedo
Del futuro del silencio?
Te ahogas en el espanto
De tus palabras,
En ese llanto cíclico
Que le causan
Tus ojos y tus manos
Tienes miedo
De la unión de tus sílabas
¿No pretendes mostr-arte?


......

Esas grietas en las calles
Se abren a tu paso
-no te das cuenta, nunca te das cuenta-
Si dijeras
Dejarías de negarte
No tienes arte para
Ocultarte detrás de tus ojos
Los tuyos son infierno
Y tus manos el abismo




Mariela, te amo

Mariela, Mariela y su linda sonrisa. Su olor a canela y sus labios eternos. Ojalá la tuviera aquí, estrechada en mis brazos. El tráfico desaparecería, este olor a sudor desaparecería. Y quizá nosotros también pintaríamos: “Mariela y Diego x siempre”. Quién Diego, diría la gente. Yo me pondría de pie y en medio, en silencio, y mirándome todos perplejos, les diría: “¡Yo, yo Diego Guerrero!”. Y luego, con el bullicio de la gente, arrodillado (sosteniéndome fuerte del asiento para no caerme), sacaría el anillo y te pediría que te casaras conmigo. Mariela, adoro tu olor a canela. Mariela, no existes. Este carro y esta gente siguen oliendo a sudor. Este bullicio no se dentendría por una declaración. Pero, Mariela, te amo.


Niño

Tu risa, sonrisa
Querías bajarme el cielo,
pero soy una estrella marina
pegada en los vidrios
de una pecera.

Y aquí sigo.
Pero qué linda tu sonrisa.

No llores, mi amor. Lloro.
Y la pecera rebalsa.
El vidrio se rompe.
No desaparezcas, por favor,
tu sonrisa de niño.



miércoles, 1 de junio de 2016

Aplastarlos quiero

En el pecho
De un insecto que confió
Se encuentra el engaño
Perfecto
La contradicción más grande
Que de él preso está
No quiere morderse la cola
Pero lo hace
Y llora
Desconsolado
Yo me pregunto
Si algún día volverá a confiar
Y él lo hace
Antes de que empiece a
Pensar
Me mira a los ojos
Cállate
Huesos indefensos
Aplastarlos
Quiero

martes, 10 de mayo de 2016

Mía

                                                                                      
Cerro de Pasco - 2011

La llamada de papá me hizo aterrizar en la carpeta de madera de la última fila. No sé cómo me quedé dormida con tanto frío. Tenía unas ojeras como de tres días. Pero, por sobre todo, sentía un frío en mi garganta. Una bola de hielo detenida solo por la luz del día. Un resucitado, víctima de las distancias, de las soledades y del olvido despertó en mi memoria. Mi cuerpo, de pronto, fue invadido por el suyo al ritmo de un suspiro largo y macizo.
El celular seguía vibrando. Me recompuse y contesté. Era mi papá. Me dijo que el pedido de vinos no llegaría esa tarde, sino al día siguiente. Así que tenía tiempo libre. También me dijo que debía abrir el bar a las nueve. Él llegaría tarde porque tenía reunión con los padres de familia. Y mi mamá llegaría cansada porque tenía reunión de profesores. No quedaba de otra. Debía estar en casa para esperar a Daniel y las demás chicas que trabajaban en el bar. A fin de cuentas, yo podía estudiar gracias a ese dinero extra.
Guardé el celular. La lluvia ronroneaba vigilante, esperando que saliéramos para empaparnos.
Diego se sentó más cerca cuando terminé de hablar con mi papá.
   - Oye, agradece que no ha venido Luna. Encima que ni terminamos la monografía. Ya despiértate, dormilona-me miró sonriendo-. Vámonos. Luna no va a llegar.
Diego es una de esas personas que se desespera en tu respuesta. A mí siempre me inquietó el tono exacto de sus palabras. Pero con los años me fui acostumbrando. Vive al frente de mi casa desde que tengo razón. Nuestra amistad nació al tiempo que jugábamos con taps, con canicas o a las escondidas. En todas aquellas tardes en el barrio que nos vio crecer. Los dos somos hijos únicos. Y a nuestros papás les encantaba vernos juntos. Fuimos a la misma escuela, luego al mismo colegio y ahora estudiábamos juntos en el instituto.
No sé cuándo se enamoró de mí. Pero hace unos meses me lo confesó en una fiesta cuando estábamos ebrios, y nos besamos. Desde entonces éramos enamorados. Pero yo me sentía muy extraña. Él era como un hermano para mí.

Estiré mi cuerpo y me acomodé en el asiento.
   - Despiértate, despiértate-dijo Diego otra vez. No has dormido nada, ¿no? -me dijo en tono preocupado-. Estás rara. ¿Qué te ha pasado?
   - Tuve que quedarme en el bar-le dije todavía soñolienta-. Pero me quedé hasta más tarde porque unos tipos terminaron peleándose. Y los malditos serenazgos ni siquiera venían.
En verdad, no habían sido los imbéciles que terminaron peleándose por quién sabe qué. Ni siquiera los serenazgos. Esa noche vino Rafael. Estaba vestido como siempre: una chaqueta impermeable, jeans, los guantes que le regalé, unas Convers y un paraguas por si llovía. Ricardo, su primo, estaba con él y, junto con ellos, venían tres chicas. Por supuesto, Diego no debía saber. Rafael y yo habíamos sido enamorados cuando yo estaba en el colegio. Él tenía 26 y yo 16. A Diego jamás le cayó bien. Siempre me decía que no entendía por qué salía con él. Durante los dos años que estuve con Rafael, prácticamente Diego y yo habíamos dejado de ser amigos.
   - ¡Esos borrachos! -susurró Diego- No hay manera de controlarlos pues. Ya te dije que tengas cuidado, flaca. Pero bueno… ¿Hoy te veré en la noche? Dime, dime…
Sus ojos me miraban como dos estrellas. Me cogió de la mano mientras esperaba que respondiera y con la otra me abrazó. Yo me quedé pensativa, pero no en la respuesta. Ni siquiera había escuchado bien.
   - ¿Qué dices? ¿Hoy qué?-le dije.
Ahora había pegado su rostro al mío. Y mirándome a los ojos dijo:
   - Hoy, flaca, ¿te veré en la noche? Sam me dijo que consiguió…-hizo el gesto de estar fumando relajado, mirándome para ver si entendía-. Le dije que quizá iría contigo. Dime, ¿vamos, vamos? Estaré en su casa desde la tarde.
Dónde estaría Rafael ahora. Habíamos quedado en vernos a las seis. ¿En qué momento se me ocurrió mentirle? Me aparté para recoger mis cosas y salir.
   - Ahh, no puedo-le dije presurosa-. Mi papá tiene que salir y yo tengo que recibir el pedido de vinos. Mañana, te prometo que mañana sí te acompaño.
Llovió toda la tarde. Diego me llamó varias veces a las cinco. Por fin, dejó un mensaje de voz. Estoy con Sam… está buenazo. Hubieses venido, flaca. Esto es vida. Hablaba relajado. No sé por qué estás rara. Pero entiendo que deben ser los problemas en tu casa. Flaca, te quiero. Gracias por estos 8 meses. ¡Te adoro!

Apagué la tele. Me serví café caliente con un par de panes. Faltaba media hora. Al menos estaba segura de que Diego no se aparecería. De la casa de Sam ya no salía hasta el día siguiente.
Le había dicho a Rafael que nos encontráramos al frente del colegio Jean Piaget, que quedaba a seis cuadras de mi casa. Me puse las únicas botas que tenía. Compré un par de cigarrillos y caramelos en la tienda de la esquina.
Caminé despacio, mientras el viento helado trataba de detener mis pasos. Eran las seis y cuarto. Cuando llegué, Rafael estaba sentado ensimismado en sus audífonos. Se los quitó cuando alcanzó a verme.
   - Hola, lo lamento…-le dije.
   - No, no te preocupes-dijo Rafael muy calmado-. ¿Todo bien?
Caminamos despacio alrededor del colegio. Luego seguimos el sonido de algún concierto en el parque El minero. Escuchamos de lejos, mientras fumábamos. Era uno de esos grupos “latinoamericanos” por la Feria de la maca. Mucha gente embriagándose. Carpas, carretillas de anticuchos, picarones. Por suerte la lluvia se había dado un respiro. Rodeamos el parque y nos fuimos a las afueras de la ciudad. Los perros ladraban, pero caminábamos tratando de evitarlos. Alzábamos piedras cada vez que se acercaban demasiado. No habían carros, solo los postes alumbraban el viento de invierno. Y las casas miraban cómplices con las cortinas cerradas.

Estábamos cerca de su casa.
   - No están mis papás y mi hermana sale del trabajo a las diez-dijo Rafael tomándome de la mano.
   - Yo tengo que estar en casa a las nueve-le dije mirándole a los ojos.
Llegamos y subimos a su cuarto. Prendió la tele. Cambió de canal hasta encontrar una película de comedia. El cuadro del Alianza Lima no había cambiado de posición. La cama y el ropero seguían en el mismo lugar. Pero algo llamó mi atención. Había dos cajas de zapatos al pie de la cama. Y un par de libros nuevos botados encima del escritorio.
   - Dos zapatos nuevos, dignos de un ingeniero-le dije en tono algo burlesco-. La mina te ha sentado bien, eh.
   - Para algo tiene que alcanzar mi sueldo-dijo Rafael con un tono serio-. Igual, no es nada seguro-siguió más relajado-. Las huelgas nos tienen parados. Gente imbécil. Pero no… no quiero hablar de eso-me miró con ojos cómplices.
Rafael apagó la luz. El frío se escondió en alguna parte y las almohadas se alejaron cómplices del naufragio. Basta contar que hubo un resucitado. Era real y eterno. Embriagados de nuestros cuerpos nos quedamos suspirando, con la mirada en el techo. En la intimidad del silencio, Rafael confesó: Te he echado mucho de menos. Pensé que quizá ya salías con alguien más.

Ya se hacía tarde y yo tenía que atender el bar. El viento golpeó nuestras mejillas con fuerza y la lluvia empezó a susurrar. Sin descanso, sin tocarnos, sin palabras bajo el paraguas a rayas, caminamos. Al llegar al Jean Piaget nos detuvimos. La lluvia ahora gritaba desesperada.
   - Me alegra saber que no has cambiado. Callada, tímida, mía. Me encantas-dijo Rafael suavemente.
Tenía las botas mojadas, las manos congeladas y el vacío en mi garganta seguía paralizado. Pero ahora era casi un vómito.
   - ¡Hey!-dijo de pronto-. Vamos a la fiesta de Mariel. Dile a tu papá que tienes que hacer un trabajo. Queda con Marta, como hacíamos siempre.
   - Rafael, no…-le dije confundida-. Debo irme.
Se puso serio y cogió el paraguas con fuerza. La luz de un rayo me puso la piel de gallina. Intenté irme.
   - No te vayas tan rápido-me cogió del brazo.
   - Ojalá la mina te hubiese tragado-dije sin darme cuenta-. Yo… Rafael, estoy saliendo con alguien.
Ahora sus ojos eran dos cañones a punto de disparar. Apretó con más fuerza mi brazo y yo intenté zafarme, pero no pude.
   - Me lastimas, Rafael. Me voy.
No bajé los ojos. Miré de frente sus pupilas inflamadas. Y arranqué con fuerza mi mano esta vez. Me aparté, me aparté. Estaba libre.
   - Diego siempre me advirtió-dije con algo de asco-.
   - Es ese chiquillo de mierda-dijo Rafael furioso-. Ese baboso no es nada-rio. Después de todo, tú eres igual a él. Entre niñitos han de haberse entendido pues.
Sus ojos me miraban llenos de risa. Escuché el ruido de un carro. A lo mejor es el colectivo que pasa por mi casa, pensé.
   - Tú eres el que lee libros de autoayuda y me llamas chiquilla. Tus 30 solo sirven en tu DNI. Encima dejas que las babosas se lleven tu dinero. Eres un imbécil. Ya decía Sam que los ingenieros no servían para nada. Qué patético eres, Rafael.
Era una combi, pero no me subí. Me quedé helada. A dos cuadras, estaban Diego y Sam caminando hacia nosotros. Empapados, agitados, arrastraban sus pantalones. Apreté mis puños, y me quedé enraizada al suelo. Rafael estaba de espalda hacia ellos. Diego lo cogió del hombro izquierdo y lo volteó lleno de furia. Un viento helado golpeó poco antes de que el puño macizo alcanzara a Rafael. Diego se detuvo delante de mí. Un nuevo relámpago invadió el espacio.
   - Gracias por mostrarme quién eres-dijo muy serio. Nunca lo había escuchado tan decepcionado.
Escupió al suelo y me miró por última vez.

Sam y Diego se alejaron hasta convertirse en sombras. Solté los puños y recogí el paraguas antes de que Rafael se levantara. Sus ojos furiosos se veían opacos por la lluvia. Pero yo estaba de pie, y ahora yo tenía los ojos llenos de risa.

Eran casi las diez de la noche. Me di cuenta que tenía varias llamadas perdidas de papá. Apagué mi celular. Respiré profundo antes de partir a casa. La lluvia gritaba salvaje y eterna. Era libre, completamente mía. Caminé, caminé con las botas mojadas, con el pelo chorreando, con el alma alborotada.